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La Crónica de Guadalajara
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Diez notas urgentes sobre Cataluña

Actualizado 14 noviembre 2014 11:10
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1.-Se ha producido un desdoblamiento de la realidad –virtual y física– en Cataluña y en España, pero se está operando el prodigio de que la primera, la que escenifican los Gobiernos central y autonómico, está empezando a producir efectos –algunos sumamente peligrosos– en el mundo real. La inacción de Rajoy y la hiperactividad del virrey Arturo amenazan ya con ser como el ácido sulfúrico para los ciudadanos de Cataluña y de todo el Estado. Es urgente que en cada plaza mayor de las Españas, desde el Cantábrico a El Hierro, desde Fisterra a Es Castell, allí donde primero nace el sol cada mañana, se convoquen manifestaciones de cariño y respeto mutuo hacia el pueblo catalán, para luego decirles que las controversias han de resolverse en una mesa, o en varias, hasta que se llegue a un acuerdo sobre lo posible. He estado esperando a que propusiera esto Pedro, pero “Andrés Niporesas” que diría Larra. Raca, raca, raca –Peridis dixit– con el Estado Federal, sin reparar que ese es, quizás, el punto de llegada pero no el de partida.

2.-De igual manera que Barcelona ha vivido largo tiempo de espaldas al mar, a la montaña, a Cataluña y a España –mirando únicamente desde sus cuatro puntos cardinales a las Ramblas, a la Plaza de Cataluña, al Liceo y al Paseo de Gracia–, se da ahora el hecho singular de que un número ingente de ciudadanos (dos millones son muchos, vaya si lo son), han sido hermanados por un tal Mas en una enorme sardana: cogidos de la mano practican tan pacífico y cadencioso baile sin darse cuenta aún de que en el centro del círculo está la nada misma, el vacio absoluto. Peor aún: la frustración infinita.

3.-El pasado domingo se decidió sobre la gran nada. La pregunta, en teoría, no podía ser más importante (llevada a las últimas consecuencias, se preguntaba sobre la secesión), pero todo era una filfa: los que votaban no se jugaban nada. Daba igual votar a favor de la independencia que sobre el tamaño que deben tener las butifarras. Cuando uno no se juega nada puede votar lo contrario de lo que votaría en caso de jugarse algo. Aún más: se puede votar una cosa para conseguir otra; se puede votar independencia para conseguir una mejor posición relativa, un mejor acuerdo de financiación, un cupo como el vasco…cualquier cosa.

4.-El nacionalismo afectivo, lo tengo dicho, es una bendición: nada más grande que defender la lengua, las tradiciones, la cultura, el generoso autogobierno que ha de corresponder a una nación sin Estado, la herencia de padres y abuelos. El patrioterismo, el chauvinismo, el jingoísmo, el nacionalismo táctico, el nacionalismo exasperado, son la misma mierda. Suerte que sólo sirven durante un tiempo, porque luego las gentes despiertan, vuelven a olvidarse de la bandera y piden pan, empleo, sanidad, ley…y nacionalismo afectivo de nuevo, el único no dañino, el único que garantiza la igualdad.

5.-Cualquier simplificación es injusta, y claro está, seré injusto: la gran movilización catalana, basada en reclamaciones aceptables y otras absurdas, está girando en torno a lo que podríamos denominar “la oficialidad”, ese amplio sector social ligado al poder político, a la administración y al empleo en empresas pequeñas o medianas que se cree (erróneamente) imperturbable. También, obvio es señalarlo, a la juventud que aún no ha ingresado en la cadena productiva. Quedan fuera del entusiasmo, grosso modo, los que no se fían del pretendido nuevo Estado, los que se fían aún menos de cómo serían tratados en las relaciones individuales, los alejados de la Cataluña oficial u oficialista, y aquellos que ven la economía por encima de las torres de la Diagonal y saben que de la prosperidad (modulada, si se quiere, por la crisis) al fracaso hay sólo un paso pequeño.

6.-Una consulta como la del domingo nunca descubrirá la voluntad real de los catalanes, ya lo he dicho: no se juegan nada. Un referéndum como el de Escocia no es posible con el actual marco jurídico, y por eso es tan insultante lo que pide Artur Mas, que sólo juega al mus con un tipo que no coge cartas y no dice ni mu. Un referéndum convocado por el Gobierno de España sólo podría tener –por exigencia constitucional– un carácter consultivo, y consecuentemente tampoco descubriría la voluntad real ni de los españoles ni de los catalanes: de nuevo unos y otros votarían con el corazón y no con la cabeza; estratégicamente y no con sinceridad. Ninguna de estas consultas o referendos valen para nada. Mejor dicho, sí sirven: para enciscar, enturbiar y complicar la vida a la gente.

7.-Sólo valdría un referéndum de verdad, vinculante. Como en Escocia, sí, como en Escocia (o como en Quebec). Lo que pasa es que en la Gran Bretaña no hay una Constitución rígida, y hasta la monarquía puede suprimirse por una ley ordinaria. “La Ley lo puede hacer todo, salvo cambiar un hombre en mujer”, solía decirse por allí. Aquí no: la Constitución “se fundamenta” en la indisoluble unidad de la nación española, y luego reconoce el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones, esa es la verdad. Y suponiendo que el artículo 2º pueda reformarse –yo creo que sí, aunque algunos partidarios de la doctrina de la Exégesis dicen que no–, lo cierto es que el camino a seguir casi es como la prueba del Kobayashi Maru: hay que seguir el camino infernal del artículo 168 de la Constitución, reformar ésta y regular en el nuevo texto el derecho a la secesión de los territorios. Casi nada. Entonces me fiaré del resultado de un referéndum: cuando la gente sepa que al día siguiente no hay tontería que valga, cuando esté con la espalda contra el muro, cuando sepa que lo que decida va a misa. Mientras tanto, menos memeces y más diálogo. ¿Hasta cuando se reirán de la gente?

8.-Suele extrañar que un andaluz o un extremeño de segunda generación (o de primera, vaya) sea nacionalista. A mí no me extraña tanto, conozco un poco lo que les pasa: fueron expulsados por la pobreza y la falta de oportunidades de sus pueblos, y en Cataluña se han sentido ciudadanos. Y hacen alarde de su condición. Y votan, muchos, a Esquerra Republicana de Cataluña. Y se dicen separatistas estos días. ¿Lo son? ¡Qué va!, la mayoría no. Escenifican su nueva condición de ciudadanos. Sólo sabremos si son o no separatistas cuando tengan que votar sin red, cuando no valgan los votos estratégicos, cuando tengan que abandonar de verdad una de sus patrias, la de origen, la de sus padres, la de sus abuelos, cuando no se puedan contar más cuentos. Sólo entonces. Y ese día será muy, muy duro para ellos. Mientras tanto, todo es gratis.

9.-Muchos sectores catalanistas tradicionales (el votante arquetípico de Convergencia; Unió es muy poco o nada separatista), a la hora de la verdad se echarían para atrás. No lo harían porque España sea magnífica o porque deje de serlo. Lo harían porque no se han cometido tropelías contra ellos, porque no se ve con claridad qué hay al otro lado, porque los pueblos sólo dan un salto al vacío cuando no ven alternativa. Y en Cataluña hay alternativa, basta que los actores del drama se acerquen a posiciones más razonables. El organizador de sardanas, pírrico vencedor momentáneo, asume grandes riesgos desde ahora; el tancredo galaico deberá espabilarse o desfilar hacia su retiro. Esto no da más de sí: mientras no haya enfrentamiento civil, se estará a tiempo; si llega a haberlo, malo, malo. Y ahora el tiempo juega en contra de todos, porque aunque alguien crea que controla los tiempos hay factores aleatorios incontrolables. Es tiempo de superar esta obra teatral tragicómica que parece escrita a medias por Aristófanes y por Esquilo.

10.- ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado (Giuseppe Tomasi di Lampedusa). Eso ya no sirve en Cataluña; en realidad no sirve tampoco en España. Estamos entretenidos en estas cosas de andar por casa en vez de unir energías para espabilar al mastodonte al que pertenece la provincia ibérica, y que continúa con su pie sobre nuestro cuello. Henos aquí dilucidando qué es España a través del diálogo de sordos entre un gallego y un catalán mientras en Bruselas, a la misma distancia que media entre Barcelona y Santiago, nos fríen vivos. ¡Grandes estadistas hay por aquí!, qué duda cabe. ¡Cráneos privilegiados! –exclamaría el personaje de Valle-Inclán.

No es lo malo perder al mus, sino la cara de tonto que se te queda.


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