Domingo, 27 de septiembre de 2020    
En recuerdo de Luis Montes, doctor y referencia
Actualizado 19 abril 2018
Quiso la suerte, la mala suerte, que Luis Montes viniera casi a morir a Guadalajara sin que nadie lo intuyera. Tampoco él, como resulta obvio. Menos de 72 horas después de su paso por la Biblioteca de Dávalos, el doctor que se hizo famoso a su pesar por la polémica de las sedaciones fallecía de un infarto. Incluso esa circunstancia habrá dado pie a los chistes fáciles de algunos, por tránsito tan aliviado hacia el más allá o hacia la nada.

Este que les escribe le estrechó la mano, cruzó con él la mirada muchas veces esa tarde y escuchó lo que dijo cuando menos con respeto. Con menos arrobo que la mayoría de los asistentes, quizá, pero en todo momento con interés. Las suyas eran palabras que olían a libertad, que no es mal aroma en esta España que huele más a basura y excremento que a azahar, aun siendo primavera. Por eso reconfortaba escuchar sus bien hiladas frases, incluso no estando en todo momento totalmente de acuerdo. ¿Acaso era necesario? ¿Acaso lo es alguna vez, aunque a tantos extrañe?

En el mismo día en que un infarto se ha llevado a Luis Montes circulaba por Internet la noticia de que Asperger, el médico que estudió el autismo con tanto acierto, había colaborado desde Austria con los nazis, "pasaportando" a niños débiles, racialmente incorrectos, innecesarios para la sociedad según el canon hitleriano de aquellos años.

La eugenesia, que no pocos confunden hoy con la eutanasia por la ignorancia supina que nos asola, tenía una larga tradición, con arraigo universitario en Suecia, y se mantuvo en muchos estados sureños de los Estados Unidos hasta más que acabado el segundo tercio del siglo XX, con esterilizaciones forzosas y masivas.

Con la eugenesia, la muerte es un poder que el Estado ejerce sobre el individuo, hasta aniquilarlo. En la eutanasia, también en el suicidio asistido, es el individuo el que trata de mantener su libertad última sobre un Estado que se lo impide.

Pasó malos años el doctor Montes, movido por un oleaje que no siempre le llevaba a buen puerto. Muchos de los que hoy y en los próximos días se lo volverán a apropiar le utilizaron ideológicamente, del mismo modo que otros muchos lo persiguieron, aborrecieron y represaliaron por otra ideología, dicen que contraria aunque quizá no tanto. Puede que también, y sobre todo, por mera conveniencia del momento.

Él ya está muerto y nosotros, no. Aquí andamos, esperando que se nos cure esa enfermedad que es la vida, como el mismo Montes recordaba bromeando este pasado lunes, en su amena charla, en la Biblioteca de Dávalos.

Al final, siempre la muerte.

Antes, en lo posible, la libertad.